Hoy es domingo por la tarde y acaba de finalizar la Santa Misa de clausura del último Retiro de Emaús. A primera vista, si uno observa atentamente las caras de felicidad inmensa de los ‘caminantes’ se diría que está siendo testigo de la conclusión gozosa de algo que ha sido sin duda muy especial para todos ellos. Esas caras de felicidad son reflejo de corazones agradecidos, almas sanadas, cuerpos purificados, vidas transformadas… es cierto, pero aquí no acaba todo, ni mucho menos ¡Empieza todo! Estamos ante un feliz renacer. Son personas que acaban de adquirir la condición de ‘servidores’. Una condición que deberemos, a partir de ese mismo día, llevar siempre con verdad, orgullo y dignidad hasta el final de nuestra vida.
Los que ya hemos servido sabemos de que hablamos. Ser servidor no es sólo un título que se le otorga a una persona que simplemente ayuda y echa una mano en algún Retiro de Emaús, es mucho más. Implica una gran responsabilidad ya que significa, antes que nada, llevar a Dios en el corazón por encima de todas las demás cosas de este mundo, ser humilde y promover la unidad entre los hombres y mujeres a través de Dios. Al adquirir la condición de servidores nos comprometemos a amar a Dios y al prójimo lo más intensamente posible a través del servicio. En definitiva nos convertimos en servidores de Dios y de todos los que nos rodean, sin pedir nada a cambio, desinteresadamente. Y es que la generosidad es nuestra bandera, como lo fue del mismo Jesús. No en vano el mismo Jesucristo vino al mundo para servirnos, incluso llegando a entregar dolorosamente su vida por todos nosotros («Porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos» Marcos 10:45). Su ejemplo dignifica nuestra condición, porque en ningún caso somos sirvientes, somos servidores.
Creo que lo más apasionante de ser servidores es que al adquirir esta condición nos convertirnos automáticamente en verdaderos instrumentos de la voluntad de Dios. Para culminar con éxito esta importante misión ser servidor implicará saber abandonarnos y saber depositar toda nuestra confianza en la voluntad del Padre y ser muy conscientes que deberemos continuamente prepararnos espiritualmente para poder llegar a conocerle más profundamente, y así con mucho amor, poder llevarlo hasta los que más lo necesitan. Para conseguir este objetivo nos gusta invocar al Espíritu Santo para que este actúe e inspire nuestra misión de apostolado
y evangelización. Misión, que por cierto, sería imposible llevarla acabo sin la ayuda de la gran intercesora, nuestra madre amadísima la Virgen María, a la cual nos consagramos en cuerpo y alma.
Ser servidor de Emaús significa también vivir en fraternidad, ya que sin esta fraternidad entre hermanos la llama de nuestra fe peligra con apagarse. La lucha constante por seguir enderezando nuestro camino y nuestro andar diario después de haber ‘caminado’ en Emaús, puede algunas veces, llegar a ser extenuante; por eso necesitamos el apoyo incondicional, el consejo, el abrazo y la constante oración de nuestros hermanos. Los servidores debemos entender con humildad que aún nos falta mucho por crecer espiritualmente y que debemos trabajar intensamente, ya sea individualmente o por supuesto, en comunidad, para poder alcanzar nuestra salvación y la de los demás. Nosotros, los servidores, tenemos muy claro que todos somos hijos de Dios, da igual nuestro pasado. No estamos en Emaús para juzgar a los demás ni mucho menos, eso ya lo hará Dios en su momento. No en vano, aquel fin de semana que no olvidaremos nunca, la mayoría de nosotros fuimos ‘tocados’ por la gracia de Dios, nos reconciliamos con Él y pudimos sentir su abrazo reparador, por eso somos tan conscientes del inmenso valor que tiene el perdón en nuestras vidas y lo importante que es para nosotros saber perdonar y saber pedir perdón, sin importar el daño que hemos recibido o hemos causado.
Y algunos os preguntaréis ¿De dónde sacamos tanta energía para cumplir esta misión a la que hemos sido llamados? Pues muy sencillo, del mismo Dios y su Santo Espíritu, a los que acudimos siempre que necesitamos ayuda, consejo e inspiración. Y también, como no podía ser de otra manera, de Jesús nuestro primer servidor. Él es quien marca nuestro camino, por eso somos ante todo adoradores del Santísimo Sacramento del altar, la eucaristía y del resto de los sacramentos. Por lo demás, os aseguro que no tenemos ningún arma secreta para estar siempre dispuestos y preparados para el servicio, tan sólo nos limitamos a seguir con alegría y agradecimiento a Dios, a cumplir sus preceptos y Mandamientos y a dejarnos guiar por la luz de la Santa Madre Iglesia a la cual debemos fidelidad. Fácil.
Para finalizar me gustaría recordaros aquellas palabras de Jesús que sintetizan perfectamente el espíritu de Emaús: «Quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo» (Mateo 20:26-27).
Marc Garriga Sels